Nos encontramos con un artículo publicado en la revista virtual Vice por el autor Jordi Llorca el día 19 de Septiembre de este año 2017 que versa sobre los efectos de la crisis financiera en el mercadillo y como ésta afecta a la situación laboral y económica de las familias gitanas catalanas que se dedican a tan noble y tradicional trabajo entre los nuestros. A primera vista, cualquier ciudadano o ciudadana de a pie reconocería en dicho texto un tema interesante, importante; una cuestión que resulta necesario abordar y sobre la que es urgente arrojar luz atendiendo, cómo no, a las y los protagonistas principales de todo ello, que no son otros que las propias familias gitanas catalanas en cuestión.

No obstante, creemos que el artículo al que nos referimos, cuyo título es: “Hablé con vendedores gitanos sobre la crisis del mercadillo[1]” tiende a reafirmar de forma peligrosa determinados prejuicios mayoritarios sobre la identidad romaní. Debe quedar fuera de toda duda, nuestra intención no es nunca atacar a la persona, sino apuntar ideas erróneas que tienen consecuencias materiales en la vida cotidiana de nuestras familias. En cuanto el lector o lectora tiene la oportunidad de comenzar a leer el artículo se encuentra con insinuaciones que, si bien pueden pasar por comentarios bienintencionados, no dejan de ser fruto de los arcaicos estereotipos que reinan sobre nuestra imagen como pueblo.

Con la intención de mostrar el origen y causa de nuestras observaciones, realizaremos un pequeño rastreo sobre los errores de percepción, naturalizados en conocidos prejuicios sobre las gitanas y gitanos, solidificados por el autor del pequeño reportaje. Por ejemplo, a la pregunta, realizada por el señor Llorca: “¿Pero qué pasa con el verdadero mercadillo, el de los comentarios ingeniosos de los gitanos? habría que responder lo siguiente. Es cierto que el universo del mercadillo afila la inteligencia y la creatividad de las familias que se dedican a la venta; que podemos encontrar durante un paseo de compras por el mismo un sinfín de comentarios, formas y maneras de abordar el negocio dignas de admiración y sorpresa. Sin embargo, la idea de que “los gitanos” son ingeniosos por naturaleza, de que esta manera particular de percibir la inteligencia poco sofisticada forma parte de nuestra “cultura” favorece una idea homogeneizante y limitada sobre la mentalidad gitana que debemos combatir.

Si seguimos leyendo nuestro texto, nos topamos con esta afirmación: “Una mañana entre generaciones de familias gitanas, abuelas con cardados impolutos y algún que otro trapicheo”. Además de contribuir a extender esa antigua imagen pintoresca de nuestros mayores que no se corresponde con nuestra realidad comunitaria, hay que recordar que muchas organizaciones gitanas han aportado su granito de arena a la lucha común contra la aparición de la acepción “trapacero” en la definición que de “gitano/a” aparece en el Diccionario de la Real Lengua de la Academia Española. Relacionar a las ancianas gitanas con la palabra “trapicheo”, sea cual sea la significación que el autor haya querido darle al término, nos vuelve a situar en el lugar de las actividades ilegítimas o indignas de la confianza popular.

De la misma manera, consideramos que no se contrastan determinadas informaciones vertidas en el texto que desdibujan la realidad del mercado, que contribuyen a crear imágenes distorsionadas de los trabajadores y trabajadoras así como de los conflictos que enfrentan en un contexto hostil a la venta como el actual. Aseveraciones tales como: “Ya no se sabe si lo que vendemos es nuevo o de segunda mano, y eso nos perjudica. De 150 puestos en ropa, 80 podrían venderla usada”, “Es abusivo –aunque solo es autónomo el titular de la parada−. Vienen muchas personas, pero solo compran ancianas−.” Tales informaciones, para adquirir estatus de verdad deben ser contrastadas con la información otorgada por las numerosas Asociaciones de marchantes que tratan de enfrentar la realidad de los mercadillos. No basta con recoger la opinión personal de una persona, para dar una información adecuada de la realidad que nos ocupa habría que contar con más relatos.

Si no somos informados de que el mercadillo se produce durante el domingo, este fragmento del texto: “… pero lo que más me sorprende son los niños gitanos de unos 12 años que regentan el puesto de sus padres. Me acerco a uno de ellos y le pregunto por qué está allí solo. «Tengo que trabajar para ayudar a mis padres, además vengo desde chico…” nos haría pensar equivocadamente que los menores acuden ilegalmente al mercado durante su periodo de formación escolar. Esta idea redunda en la falsa y dañina imagen de descuido tradicional en lo que respecta a la formación de los infantes que se impone sobre nuestra cultura. Para colmo, el autor del artículo, fiel a la tendencia sensacionalista que una inmensa mayoría de los periodistas parecen profesar religiosamente cuando se trata de abordar cuestiones que atañen al pueblo gitano, recoge el siguiente testimonio: “Estudiar no nos gusta, la disciplina tampoco, y encontramos en la venta ambulante un sitio. Ojalá nos gustara estudiar, pero no es así”.

Nos resulta penoso y lamentable enfrentar estas opiniones, más cuando los responsables de su temerosa generalización y fortalecimiento, son los propios medios de comunicación. El número de gitanos y gitanas estudiantes es incontable; los aportes en todas las disciplinas, incluida la lucha contra el antigitanismo, realizados por los propios calós y calís son interminables. Baste con consultar internet, hoy a la mano de todas. No obstante, no contento con ayudar a difundir machaconamente tales prejuicios, el autor los apuntala irresponsablemente con comentarios de cosecha personal. Aquí un ejemplo de lo mencionado: “Por ejemplo, su padre Luís, asegura que “no es una broma, es que es verdad. Mis pantalones te hacen el vientre plano, glúteos perfectos, abrillanta los ojos y pone carnosos los labios”. Se le nota que disfruta en una tradición muy gitana”. ¿A qué se refiere con “una tradición muy gitana”? Es seguro que a algo que no se corresponde con nuestra tradición propia sino con una percepción de la misma que la relaciona con lo estrambótico y con el folklorismo de la picaresca y la vulgaridad.

No hace falta mucho más para justificar la necesidad de este escrito crítico. Pensamos que es posible volver a redactar este artículo: “Hablé con vendedores gitanos sobre la crisis del mercadillo”, corrigiendo las imprecisiones y evitando la propagación mediática de prejuicios y estereotipos sobre el Pueblo Gitano. Para ello, cuentan con todo nuestro apoyo y asesoramiento, ya que a pesar de lo que se presenta en su artículo: “Puedes ver parejas mayores discutiendo con un “venimos cada semana, no puedes llevártelo todo siempre”, carteles con entrañables faltas de ortografía de tenderos…” Los gitanos y gitanas no necesitamos la condescendencia de una mirada estereotipada sobre nuestra realidad sino respeto y justicia, como todos los pueblos de la humanidad.

Medio Contactado
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