“La sección primera de la Audiencia de A Coruña juzgará a partir de este lunes a 17 miembros de un clan gitano, diez hombres y siete mujeres, la mayoría pertenecientes a una misma familia, acusados de los delitos de tráfico de drogas, integración en grupo criminal, tenencia ilícita de armas y atentado.”

De esta lamentable manera comienza un artículo publicado en el célebre periódico El País escrito por la autora Elisa Lois con fecha del 11 de Septiembre de 2017. Somos conscientes de que la noticia pasó inadvertida en su momento, no obstante, desde Rromani Pativ, hemos decidido articular una contundente respuesta al mismo ya que su existencia no ha sido debidamente denunciada. Así mismo, consideramos que El País no es cualquier periódico, por lo que las exigencias de responsabilidad ética en el tratamiento de la información cuando esta versa sobre personas de origen romaní se hacen más urgentes y necesarias que nunca.

En este caso, nuestra protesta y la consecuente exigencia de rectificación profesional surge motivada por lo que consideramos uno de los clásicos del prejuicio dominante sobre nuestro Pueblo: la criminalización simbólica de nuestras familias. Si bien es cierto que podemos coincidir en la idoneidad de calificar como “clan” a una organización más o menos compacta cuya vocación sea delinquir y organizarse en torno al crimen, no podemos comprender las razones periodísticas que llevan a nombrar el origen étnico de los componentes de tal organización. Esta tendencia poco noble es conocida de sobra por los nuestros y nuestras ya que representa casi una tradición nacional mediática visibilizar a nuestras familias como “clanes”.

Por supuesto que al pronunciar en una misma frase las palabras “clan” y “gitano” la articulista en cuestión no añade información de valor para lector alguno. Desde tal posición, tan solo, y eso sí podemos asegurarlo con certeza, contribuye a solidificar la idea racista preponderante en el inconsciente social mayoritario de que los gitanos y gitanas tienden a organizarse en estructuras familiares autoritarias, jerárquicas y sectarias dignas de la Cosa Nostra. A veces, este prejuicio, propio del individualismo liberal salvaje, que reina en nuestra sociedad supuestamente democrática viene a justificar una suerte de recelo ancestral ante la dichosa y poco frecuente manía de los gitanos de valorar, respetar y honrar a sus familias. En otras ocasiones, tal retórica se reproduce de manera espontánea y natural, como la propia respiración; eso es lo que nos compete del racismo anti gitano: su horrible naturalidad.

Los clanes de payos

Nuestras preguntas son, en realidad, expresiones sofisticadas de indignación comunitaria ya que, lamentablemente, conocemos las respuestas a la mayoría de las mismas. ¿Por qué la palabra “clan” se utiliza insistentemente para aludir a las familias gitanas? La respuesta se desgrana de una manera un tanto particular a través de otra pregunta: ¿Por qué raramente utilizan dicha semántica para señalar a las organizaciones cuyos sujetos forman parte de la identidad mayoritaria? Desvariemos un poco, aunque sea inocentemente. Si el clan payo del Fondo Monetario Internacional, o el clan payo de la Organización Mundial del Comercio –por poner algunos ejemplos− imponen paradigmas y formas de gobierno al resto del mundo de forma autoritaria en base a principios económicos basados en el enriquecimiento de unos pocos y el empobrecimiento de muchos, no importa: ni son clanes, ni son payos.

Si el clan payo del gobierno de Trump se resiste a denunciar la supremacía blanca en los EE UU, si el clan payo de la Academia Real de la Lengua española se niega a retirar definiciones racistas de nuestra gente, no importa: ni son clanes, ni son payos. Es cierto que, íntimamente junto al racismo, encontramos explicaciones de clase para desvelar este curioso ánimo selectivo y etnicista de algunos de nuestros periodistas. La identidad mayoritaria no es objeto de prejuicios y estereotipos que condicionen de forma radical las vidas y las muertes de los individuos que la conforman. La identidad étnica solo es visibilizada cuando esta indica orígenes comunitarios que explican una existencia atravesada por el racismo. Esta irresponsable práctica forma parte fundamental de las injusticias racistas en el universo mediático y por ello deben ser señaladas y denunciadas.

Nos sorprende que El País caiga en un error tan raído como ampliamente criticado por los profesionales de la ética periodística. Por otra parte, nos encontramos ante un claro incumplimiento del punto nº 7 del código deontológico de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) desarrollado a continuación: “7. El periodista extremará su celo profesional en el respeto a los derechos de los más débiles y los discriminados. Por ello, debe mantener una especial sensibilidad en los casos de informaciones u opiniones de contenido eventualmente discriminatorio o susceptibles de incitar a la violencia o a prácticas humanas degradantes.

  1. Debe, por ello, abstenerse de aludir, de modo despectivo o con prejuicios a la raza, color, religión, origen social o sexo de una persona o cualquier enfermedad o discapacidad física o mental que padezca…
  2. b) Debe también abstenerse de publicar tales datos, salvo que guarden relación directa con la información publicada.”

Por todo ello, esperamos que tanto la articulista en cuestión como los responsables de El País sepan comprender nuestra crítica; crítica que no está movida por un ánimo personalista ni por la voluntad de cebarse con la autora de tal artículo, sino por resolver lo que, desde nuestro punto de vista, constituye una reproducción inconsciente de la visión estereotipada sobre el Pueblo Gitano. Demandamos respetuosamente la rectificación consciente y pública de aquellas partes del texto que incurren en el error de fortalecer prejuicios anti gitanos. No podemos hacer menos. Nos va la vida en ello.

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