1. La repetición de la antigua norma antigitana

Lamentablemente, los gitanos y gitanas residentes en el estado español estamos acostumbrados a que nuestra imagen colectiva como Pueblo, así como nuestra delicada situación en el tablero político –inexplicable sin volver, una y otra vez, sobre la cuestión del antigitanismo− sea instrumentalizada por observadores externos y privilegiados con fines partidistas e ideológicos. De forma que si aparecemos, ajenos casi siempre a nuestra voluntad política real, retratados en la palestra pública y mediática; si “existimos”, aunque sea por un mero instante, es para volver a ser hundidos insidiosamente por la arcaica y poderosa fuerza del racismo antigitano en el pintoresquismo estrambótico o la chaladura romántica. Esta particular forma de racismo intelectual y periodístico que se practica habitualmente contra los nuestros/as en el ámbito de la comunicación se ha constituido en norma para determinadas mentes poco lúcidas y menos éticas del periodismo convencional. Es por eso, entre otras cosas, que un proyecto como el de Romani Pativ nace.

Es inevitable reconocer que vivimos tiempos social y políticamente convulsos en nuestros territorios y que, querámoslo o no,  nuestra vida, como gitanas y gitanos, se ve afectada de forma directa por los acontecimientos; que nosotros, como gitanos y gitanas afectamos, así mismo, la realidad que nos rodea. Por mucho que, desde determinados relatos deformados, se haya querido mostrar a nuestra gente como un conglomerado monocorde más o menos difuso de comunidades “apolíticas”, como seres anodinos voluntariamente fuera de la órbita histórica que les ha tocado vivir la realidad es, sin embargo, muy diferente a la tradicional infamia mencionada. Los gitanos y gitanas, tan diversos ideológica y políticamente como cualquier otro pueblo, hemos estado presentes, de una forma u otra, en todos los acontecimientos políticos de relevancia sucedidos en el continente desde el momento en que pusimos el pie en lo que hoy llamamos Europa. No obstante, también hemos sido usados vilmente en momentos de recomposición de las luchas nacionales y en momentos clave de acumulación del capital del Estado nación.

2. Tomar una parte por el todo

Por todo ello, no podemos decir que nos sorprendan los motivos que nos impulsan a escribir estas líneas, a pesar de que podemos y debemos decir que nos indignan; que no podemos permitir, bajo ningún concepto, que nos sigan instrumentalizando injustamente de esta manera sin oponer la debida resistencia. De ahí estas palabras. El pasado 2 de Octubre de 2017, el periódico digital El Español publicaba una esperpéntica y dañina noticia ataviada con el siguiente titular: “Lo nunca visto: gitanos defienden a la Guardia Civil tras romper urnas en Gerona[1].” Tras comenzar a leer el artículo, del cual, como percibiría cualquier lector inteligente, nada bueno podía esperarse, las sentencias tendenciosas se sucedían una tras otras, hiriendo nuestra dignidad, sin apenas dejarnos respirar: “Se lo decía, aunque parezca imposible, un gitano a un Guardia Civil”,  “El referéndum catalán ha conseguido lo nunca visto: Guardia civiles defendiendo a gitanos y viceversa”; “Estamos con vosotros, juraba fidelidad un gitano a los agentes mientras exhibía una bandera rojigualda”, “Por el lugar de los hechos pasó un anciano guardia civil retirado al que los gitanos, en un gesto inaudito hasta ayer, le manifestaron su reconocimiento por haber pertenecido al cuerpo”.

Ignorando deliberadamente y por completo las particularidades del contexto histórico, social, cultural, económico y político en el que se desarrolla la existencia de los gitanos y gitanas del barrio mencionado, el autor de la noticia no deja de manifestar una y otra vez su asombro ante el suceso, monitoreando así la interpretación simbólica de lo ocurrido. La repetitiva pronunciación neurótica de la palabra “gitano” durante la redacción de la noticia contribuye a la fijación monolítica y exacerbada de una imagen voluntariamente distorsionada que pretende representar, según los cálculos consensuados de las asociaciones genuinamente gitanas, aproximadamente a un millón de ciudadanos/as de carne y hueso en el Estado español y sus autonomías.  Por si fuera poco, unos días después, el 7 de Octubre, el mismo periódico publicaba otra bochornosa noticia, esta vez firmada por los autores Pepe Barahona y Fernando Ruso, titulada de la siguiente manera: “El viva gitano a la Guardia Civil: “Si se pierde el respeto a ley, ¿qué queda?”[2]. El subtítulo que acompaña al escrito superaba lo esperado hasta el momento: “Son los nuevos patriotas: aman la bandera española y a la benemérita por encima de los tópicos. Viven con desasosiego el movimiento separatista porque tienen a muchos “de los suyos” en tierras catalanas. “Por encima de nuestra ley, está la Constitución”, dicen”. Delirante.

Si no había quedado suficientemente clara la intención diáfana de los autores por situar ideológicamente a toda una comunidad humana, −la minoría étnica más antigua y numerosa del territorio−, en un momento de envergadura política como el actual, este lamentable extracto del artículo en cuestión viene a terminar definitivamente con cualquier duda al respecto: “La gota que ha colmado el vaso de la paciencia, que ha despertado la conciencia de los gitanos almerienses, ha sido la imagen de varios guardias civiles huyendo de la turba independentista. También la de los gitanos catalanes, que han tomado partido a favor de las fuerzas del orden público.” Digámoslo abiertamente, la publicación de este tipo de relatos es todo menos inocente. Por supuesto que la maniobra, dadas las circunstancias, es más difícil de lo que en un principio puede parecer. Para completar el proyecto es necesario entrevistar y dar visibilidad a voces gitanas que, consciente o inconscientemente, validan, a menudo involuntariamente, la imagen que se proyecta sobre todo un pueblo, su pueblo. Debemos dejar clara nuestra postura, no entramos a juzgar la perspectiva individual de estos gitanos y gitanas. No negamos que existan personas gitanas que manifiesten las posiciones retratadas, así como no negamos que existen las opiniones y posturas contrarias en el seno de nuestro Pueblo. Lo que negamos categóricamente es que esas voces individuales definan a una comunidad entera. Lo negamos radicalmente, sin miramientos, porque la experiencia nos dice que esta clase de maniobras son las que, más allá de lo fácilmente reconocible, legitiman parte de la estructura racista que nos atenaza. No nos importa si quien asegura lo contrario es un periodista gachó o un entrevistado gitano. Sencillamente, no es posible enmarcar de forma artificial a toda nuestra comunidad en una posición uniforme frente a estos u otros acontecimientos políticos.

3. Apuntalando la mentira

Entrar en este juego esencialista tiene consecuencias nefastas difícilmente reparables para nuestra gente y fortalece un imaginario social dominante en el que aparecemos como adalides compactos e inequívocos de una determinada visión del mundo.  No contentos con los efectos innumerables −a corto, medio y largo plazo− que los artículos anteriormente citados tendrán en la opinión pública mayoritaria, El Español vuelve a la carga con el último de sus textos dedicados a la cuestión, por el momento: “La resistencia gitana en la capital de Puigdemont: “No permitiremos la independencia”[3]. Nos resulta llamativamente sospechoso este gesto de supuesto reconocimiento a la capacidad de resistencia de nuestra comunidad. Raramente un medio de comunicación, sea cual sea su signo político, se interesa por ahondar en las formas de resistencia que el Pueblo Gitano ha puesto y pone en marcha para enfrentar el racismo antigitano, nuestro mayor y fundamental problema desde hace siglos. Pero, por supuesto, hablamos desde la ironía y el sarcasmo, la única arma que a menudo les queda a los que sufren y resisten con dignidad desde el abajo de los abajos la afrenta y el ataque del poderoso. No es esa clase de capacidad política comunitaria a la que El Español, en este caso, hace mención, aunque, como veremos, en este artículo concreto se hace referencia a la misma, nuevamente, cómo no, de manera instrumental.

Veamos a qué se refiere exactamente el autor de la noticia: “Rompimos las urnas porque es ilegal”, cuenta Juan, uno de los 15 vecinos que protagonizó el ataque el colegio. “Las rompimos por España”, matiza Johnny, otro de los jóvenes que participó. “Las rompimos por mis cojones”, puntualiza El Murtu, un gitano de cuya fachada pende una bandera de España y también estuvo en la refriega. “Aquí vamos a tumbarles la independencia cada vez que vengan. Si la proclaman vamos a pintar banderas de España por las paredes, por las papeleras, por todos lados. Y la vamos a liar”, advierte Miguel”. Nos permitimos asegurar con seguridad que los redactores de este periódico están instrumentalizando políticamente a determinados sujetos gitanos, que merecen tal y como hemos recalcado todo nuestro respeto como individuos y como gitanos, para presentar un retrato desfigurado de la heterogénea visión romaní sobre la realidad política que nos atraviesa en la actualidad en referencia al conflicto catalán.

En un alarde de aparente justicia contextual, David López Frías, autor del artículo, presta, esta vez, atención a la compleja situación que define las condiciones materiales y existenciales de estas personas: marginación histórica, racismo, olvido por parte de las administraciones, etc. Nada de esto le es ajeno, por otra parte, de una manera u otra a cualquier familia gitana, no ya en el estado español, sino en toda Europa. Recordemos que desde 1499 hasta 1978 el estado español persiguió legalmente a nuestras familias y que, a partir de entonces, lo que reinó para los nuestros en materia de derechos civiles y políticos fue el olvido y la negación, a pesar de los aspavientos puntuales de reconocimiento folklórico y de los avances protagonizados por nuestras familias a través de su lucha, de su esfuerzo y tenacidad. No hay ni un solo territorio del estado español o de toda Europa que se salve en este fatídico recuento de pragmáticas, asedios e intentos de genocidio.

4. La diversidad ideológica y política gitana

Pero El Español no ha sido el único periódico que ha incurrido en este tipo de actitudes negligentes e irresponsables. Con fecha del pasado 22 de Octubre, nos encontramos con una noticia de El Mundo que aborda la situación de Jordi Cuixart y Jordi Sánchez en las celdas 203 y 213 de Soto del Real[4]: “Sánchez cometió su gran error y se convirtió en la oveja negra del rebaño carcelario. Se dirigía a cenar al comedor por los pasillos cuando un preso le dedicó un «Viva España», tal y como adelantó El Independiente. Era un hombre de etnia gitana condenado por drogas y querido en el módulo, según ha sabido Crónica. Otros dos gitanos le siguieron la gracia y comenzaron a lanzarle al independentista otros cánticos a favor de España…” “…No era el primer grupo de gitanos que se rebelaba contra el independentismo. El pasado 1 de octubre, 15 jóvenes asaltaron el colegio de un barrio de Gerona donde se estaba votando el referéndum ilegal, rompieron las urnas y ayudaron a la Guardia Civil. En Soto del Real, el grupo de presos de etnia gitana ha conseguido poner a todo el módulo en su contra y está convirtiendo su estancia carcelaria en una pesadilla muy española.”

Las palabras se nos atascan en la garganta a causa de la rabia que nos produce observar este tipo de noticias. Volvemos a preguntar, como tantas otras veces, ¿es necesario mencionar el origen étnico de estas personas? ¿Qué se pretende haciéndolo?, y más allá, ¿qué se consigue, se quiera o no, haciéndolo? Está claro. Se sitúa a todo un pueblo en el punto de mira. A veces, este ejercicio de racismo mediático se realiza con cierta espontaneidad, con cierta inconsciencia. En otras ocasiones, la premeditación y la responsabilidad política supera con creces lo habitual. Utilizar al Pueblo Gitano como parapeto de determinada versión de la identidad española contra el referéndum es tan injusto, tan racista y tan deplorable como hacer lo contrario, y nuestra obligación es denunciar sin miramientos este tipo manipulaciones. La diversidad ideológica y política en nuestras comunidades representa un hecho innegable, por mucho que algunas miradas poco horizontales, haciendo mención al tío José Heredia Maya, se esfuercen en demostrar inmoralmente lo contrario. Por muy obvio que parezca decirlo les aseguramos que hay gitanos y gitanas apoyando todo tipo de opciones políticas e ideológicas. Por supuesto, en el debate territorial existente en el conjunto del Estado Español y sus actuales Comunidades Autónomas también hay gitanos apoyando opciones reivindicativas y políticas de toda índole: autonomistas, soberanistas, independentista, unionista, federalistas, confederalistas, etc. Ustedes, desde los medios de comunicación, tienen la obligación de ser veraces y de mostrar una imagen justa de nuestra gente; una imagen no caricaturesca y deformada en base a sus intereses políticos, sea cual sea el contexto que, como sociedades, nos toca vivir. Nuestra obligación es denunciar el incumplimiento de esta responsabilidad ética allá donde la descubramos y animarles encarecidamente a que reconsideren su óptica, su actitud y su enfoque; a que, a pesar de la dureza con la que señalamos sus errores recurrentes –dureza necesaria− sean capaces de reconocer nuestra crítica y reaccionen de una vez por todas, por respeto, por dignidad; nos lo deben.