Roberto Bodegas no es un enfermo, todo lo contrario. Con todos ustedes: tan solo otro hijo sano y mal mimado del racismo estructural

Comencemos hablando claro. Tras la supuesta rebeldía proclamada ante la denominada dictadura de lo “políticamente correcto” se esconden a menudo verdaderos reaccionarios que disfrazan sus enormes complejos con una ortopédica pose de contestatarismo hipster. Pero antes de seguir cargando las tintas, aunque sea de forma justa, debemos ser extremadamente cuidadosos. Y es nuestra responsabilidad ser cuidadosos porque reconocemos estar de acuerdo en algo con nuestros acérrimos antagonistas: rechazamos lo “políticamente correcto”. No obstante, nuestras posturas son radicalmente contrarias y nunca serán conciliables. Nos explicamos. Desde este lado de la vida, rechazamos la retórica de lo políticamente correcto por ser superficial, epidérmica, insuficiente y a menudo hipócrita. La consideramos insuficiente porque nos impide desarrollar lo que José Heredia Maya llamó una mirada limpia y horizontal que ilumine de forma crítica las verdaderas causas de nuestros problemas más persistentes. Sin embargo, todo indica que, desde el lado de Rober Bodegas, la cuestión que nos convoca se manifiesta de una manera, digámoslo así, “muy otra”. Especialmente desde hace unos años, lo políticamente correcto es rechazado porque deslegitima, al menos en el aspecto moral, los nada originales impulsos racistas y sexistas de los individuos más casposos de nuestra enfermiza sociedad. Este fenómeno ha cobrado popularidad en determinados espacios pretendidamente contra-culturales. Para una aproximación amena e interesante a tal realidad en nuestro contexto geográfico, nada como leer el libro “Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural” del autor Víctor Lenore.

Es cierto que por abochornar públicamente a un humorista poco inteligente no acabaremos con el racismo antigitano, somos absolutamente conscientes de ello. No nos preocupan tanto los mediocres insultos proferidos contra nuestro pueblo por este comediante en particular, aunque emerjan camuflados como “chistes”, como el eco social que los producen y alientan. El patético y pálido humorista de etnia paya es, tan solo, uno de tantos síntomas más. No es él quien provoca la carcajada que nos denigra. La carcajada que nos denigra lo acuna en su evidente inmadurez intelectual y en su incapacidad para superar los condicionamientos patológicos de su propia cultura. No son sus torpes aspavientos ni su malicia adolescente la que nos hiere, son las condiciones de posibilidad de que un payo con micrófono sea aplaudido por bulerías -sin compás, eso sí- por rebuznar y graznar en do mayor. Y vaya por delante todo nuestro respeto a los burros y a los cuervos, animales dignos con mayor capacidad humorística que muchos. El discurso de quien no es otra cosa que un simple ventrílocuo que funciona como amplificador de los sentimientos racistas dominantes es, en este caso, más que hostil, de ahí que nos veamos en la necesidad de analizarlo con relativa frialdad.

Rober Bodegas es un hijo sano y mimado del racismo estructural

Nuestro pobre humorista solo se está defendiendo. Está defendiendo su libertad de expresión, su derecho a ser abiertamente racista en una sociedad eminentemente racista que tiene un serio problema con el pueblo gitano. Por lo tanto, tras sus bromas palpita una queja pública: “a causa de lo políticamente correcto, no nos permiten ser abiertamente antigitanos”. Si desgajamos las risas, si eliminamos con brocha gorda el elemento irónico de su discurso social, lo que encontramos es un simple y ramplón ramillete de ataques que constituyen el abc del antigitanismo dominante, las reglas básicas del racista de manual para la vida moderna. Veamos entonces. En primer lugar, nuestro rebelde infante insinúa que los gitanos tienen dificultades para expresarse con propiedad por escrito, lo cual constituye, seguramente, una trabajada acusación que le ha obligado a someterse a años de estudio en las mejores universidades del país y el extranjero. Acto seguido, nos llama ladrones y esto sí que resulta ser un apelativo creativo y nuevo que nos hace preguntarnos cómo es posible que siendo dueño de semejante creatividad literaria, Rober no haya ganado a estas alturas algún premio cuyo prestigio, eso sí, no dependa del buen patrón catedrático al que uno se arrima. Para ir calentando el ambiente, en una pataleta digna del niño mimado de la gran casa del blanco privilegiado, asegura, lloriqueando aunque parezca reír, que ha aceptado una supuesta “tregua” en la producción de sus chistes sobre gitanos mientras que nosotros y nosotras no hemos aprendido a adaptarnos a sus normas sociales e integrarnos.

Es una pena que los psicólogos del Estado español no hayan aprendido aún a analizar los recovecos mentales del racismo porque estamos en condiciones de asegurar que un caso como el que nos ocupa es digno de estudios científicos apropiados. La retorcida lógica es la siguiente: os insulto porque no os integráis y no os integráis porque no sois dignos de ello. He aquí la primera capa de la cebolla en el mensaje taimado de nuestro artista durante su pseudocomedia. Pero, en el fondo, si quitamos más capas, hay tras todo este teatro un importante tufo a reproche. Por una parte, aunque de forma indirecta, el humorista necesita justificar su racismo, lo cual no le resulta difícil ya que, tal y como demuestran los aplausos y risas durante su show, nuestro protagonista goza de la aprobación entusiasta del sentido común dominante, y lo sabe. Por otra, y a pesar del evidente ninguneo, existe una latente y escondida necesidad de nosotros, de nosotras. La atracción morbosa hacia lo gitano, que se materializa en la imposibilidad de controlar su racismo de forma pública, aparece bajo la repulsión evidente hacia nuestra diferencia que comparte con gran parte de su sociedad. Bodegas se siente atraído por nuestro pueblo porque es payo y ha sido educado para insultarnos y para intentar despreciarnos, como todo buen hijo de vecino, salvando las honrosas excepciones.

La tragicomedia del humorista español

En una dimensión paralela, que a través de la analogía nos muestra el verdadero rostro de lo ocurrido, Bodegas aparece ataviado tragicómicamente con su uniforme de cuadros y, desconsolado, acude a su tutor para gritar lo siguiente: “papá, mira lo que me hacen estos pordioseros. Me exigen que no les humille, pero ellos no se visten como nosotros, papá, míralos. Son ladrones, papá, no saben hablar y además de casarse muy jóvenes les hacen burradas a sus mujeres”. No se dejen engañar, Bodegas no está haciendo humor. Rober, al menos en el caso que nos ocupa, utiliza el humor para dejar salir a su pequeño fascista interior al escenario. Puede desinhibirse porque intuye que, en el fondo, está en su salsa. Y esta es una realidad que nos apela como sociedad.

Resulta especialmente sintomático y triste que la comedia española adolezca de humoristas críticos capaces de descubrir la relación ineludible entre humor y poder. No hablamos de moralina. Ni siquiera hablamos de no bromear con el racismo. Hablamos de que, en el contexto de la comedia española, son pocos los que se ríen del racismo con inteligencia y mordacidad y muchos -la mayoría- los que se ríen, sin creatividad ni originalidad, de los que sufren el racismo en primera persona. ¿Por qué será? Nadie le llamará racista porque eso es únicamente una manera de doblegarse ante la dictadura de lo políticamente correcto y nuestro campeón del humor es todo un rebelde. Pero no seamos tan duros, en el fondo no puede evitarlo. Señoras y señores, damas y caballeros: Roberto Bodegas no es un enfermo, todo lo contrario. Con todos ustedes: tan solo otro hijo sano y mal mimado del racismo estructural.

Revista Contexto