No es fruto del alarmismo o de la paranoia advertir que la ultra derecha asciende, cada día con más fuerza, hacia el mando del poder político en el frágil contexto de la Europa contemporánea. Sería inútil volver a enumerar los significativos ejemplos materiales de dicha realidad. Los Roma hemos comprobado que, más allá de escandalizar momentáneamente a ciertos sectores sociales particularmente sensibles, dicho recordatorio sirve, más bien, de poco. Lamentablemente, algo está roto en la consciencia política europea. El pesimismo social-político, tan útil a las fuerzas reaccionarias, nos bloquea e inmoviliza robándonos la posibilidad de un mañana más humano, más justo; negándonos la esperanza de un mañana habitable y posible para los que vienen tras nosotros y nosotras. 

Sin embargo, como gitanos, como gitanas, nos vemos obligados a manifestar, no ya nuestra sorpresa, sino la ausencia de la misma. Aunque les inquiete, tendrán la oportunidad de comprobarlo repetidamente durante estos días. Los activistas gitanos lo afirman una y otra vez: no, no nos sorprende1. Y no es porque nuestro Pueblo esté “de vuelta de todo”, apuntalando de forma soberbia el significado del célebre refrán, sino porque, tristemente, los gitanos y gitanas estamos acostumbrados a sufrir las consecuencias de estas antiguas y persistentes derivas; derivas que invaden, no solo las manifestaciones de la derecha más fascista, sino también a la  denominada izquierda política europea. Cuando Salvini, Ministro del Interior del gobierno italiano, justifica sus intenciones de crear un censo de gitanos con las siguientes declaraciones: “los extranjeros que permanezcan de forma irregular en Italia serán expulsados” “los gitanos italianos por desgracia hay que quedárselos”, nosotros y nosotras, no percibimos más que una repetición machacona, demasiado conocida, de la historia de resistencia y lucha que se escribe en la genealogía y presente de nuestro Pueblo. 

Muros, expulsiones en masa, segregación escolar, guetos, maltrato policial, linchamientos, ataques, esterilizaciones forzosas. Todo ello forma parte de la cotidinanidad de gran parte de nuestro pueblo en toda la Europa actual. Por lo tanto, Salvini no es una excepción, sino un síntoma de la norma, tal y como lo son los recientes ataques anti gitanos en Ucrania2 y en otros territorios del continente. La cuestión es, entonces, cómo vamos a afrontar esta realidad sangrante que se cobra la vida social y humana del pueblo minorizado más numeroso y antiguo del continente. 

Una sociedad que no respeta y cuida la vida de una comunidad humana como la nuestra, o cualquier otra, camina frenéticamente hacia su autodestrucción. Una sociedad que no extirpa la mortal enfermedad del racismo de sus entrañas está condenada a perecer, ya que la violencia racial envenena la fibra ética de su conjunto. El veneno del racismo, paradójicamente, no discrmina, es invasivo, indiferente, letal y demoledor para todos. ¿Aprenderá Europa la lección? Lo cierto es que esta antigua incógnita ha dejado de ser una curiosidad para convertirse en una necesidad apremiante. Si la salud de las democracias europeas debiera medirse por el trato que el Pueblo Gitano recibe en su propio territorio, el resultado sería paupérrimo: no hay justicia social ni política para el Pueblo Rom en la Europa de los derechos humanos, una Europa antigitana. 

Ahora bien, la indiferencia parlamentaria, que se reduce a meros insuficientes gestos virtuales de rechazo, frente a declaraciones y intenciones como la manifestada por el Ministro del Interior y vicepresidente italiano, tendrá consecuencias para todos los ciudadanos. Este embrutecimiento, este genocidio silencioso contra los nuestros hace de Europa un lugar en el que todos peligran, no solo los Roma y los migrantes del Sur Global, sino todos los ciudadanos. Nos corresponde a todos, no solo a gitanas y gitanos, la labor de no permitir que nos transformen en monstruos ególatras e indiferentes, de despertar ante el sufrimiento de una parte importante de nuestro mundo, el sufrimiento de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de nuestros hermanos y rebelarnos contra él de forma contundente. Nos pertenece a todos, no solo a nuestro Pueblo, la responsabilidad de hacer de Europa un territorio libre de antigitanismo, libre de racismo, libre de injusticia, por el bien de todos. 

Revista Contexto