“Cuando se mueran las ancianas no sabremos qué hacer”.

Desde hace algunos años todos hemos sucumbido a la nostalgia, al recuerdo, al reverdecer de los tiempos mozos. Y dentro del variopinto mundo del ayer, una de las cosas que no paramos de ver son los mercadillos vintage, esos particulares pseudabazares donde se va para rellenar el Instagram y así demostrar lo modernos que somos.

¿Pero qué pasa con el verdadero mercadillo? El de por la mañana, el de los comentarios ingeniosos de los gitanos y el 3×1 en la braga Playtex. Mientras que la afluencia de urban markets como Palo Alto no para de aumentar, mercadillos como el de la Zona Franca de los domingos en Barcelona están cada vez más mermados. Me he acercado hasta allí para ver desde dentro cómo han vivido estos últimos años de penurias y crisis. Una mañana entre generaciones de familias gitanas, abuelas con cardados impolutos y algún que otro trapicheo.

Son las 7:30 y huele a comida. Me aproximo a la caravana-bar donde intuyo que el café que se sirve despierta y reparte energía para comenzar otra jornada laboral. Me presento y expongo mi cometido. Dos camareras lo tienen claro: “A aquel de las gafas le gusta mucho hablar”, me dicen sonriendo.

Le llaman El Capi y ha vivido ‘el mercao’ desde bien joven. Le pregunto por cómo está el tema por allí y su respuesta es bastante pesimista. “La crisis se ha notado muchísimo. Cada vez se vende menos y tú lo que haces es bajar los precios para sobrevivir. En cambio, el Ayuntamiento no nos da descanso y solo hace que subir las cuotas anuales”. Este es un tema que se va a reiterar durante toda la mañana.

Hace años los mercadillos se autogestionaban las parcelas y las tributaciones, pero al parecer, ciertas personas comenzaron a sacar provecho de esta situación hasta imponer sus particulares leyes. Desde entonces, y para que no volviera a ocurrir, los ayuntamientos son quienes administran y organizan los puestos con una cuota fija anual en función del metro cuadrado, como podemos ver, por ejemplo, en la Ley 1/1997, de 8 de enero, Reguladora de la Venta Ambulante de la Comunidad de Madrid. Cada municipio pone su cuota con un criterio distinto, cosa que exaspera a los tenderos porque si el gobierno del municipio quiere quitarles de en medio, sube las tarifas o deja de ofertar plazas que quedan libres.

Volvamos a la Zona Franca. El Capi me cuenta que el mercado no crece porque el Ayuntamiento no quiere. “Las nuevas generaciones se chocan una y otra vez contra un muro administrativo. Muchos chavales quieren montar una parada, pero como no dan más parcelas, se les hace muy difícil. Hay 250 puestos y no dan ninguno más desde hace años, aunque venga muchísima gente. Tú solo puedes rellenar la solicitud y esperar”. Otro comerciante da un sorbo al café y apuntilla: “Fíjate si el Ayuntamiento pasa, que no quieren que pongamos unos baños públicos para las 45.000 personas flotantes —es decir, gente que entra y sale—que vienen al mes. Llevamos con la lucha varios años y lo pagaríamos nosotros para mejorar el servicio, pero nada, es una vergüenza. Cuando el Papa estuvo en Barcelona, había baños por todos lados, pero aquí si uno se mea se tiene que ir detrás de un coche”.

Dejo la cafetería y comienzo a caminar hasta la calle principal. Atisbo a un joven gitano descargando vivamente su furgoneta. Me acerco a él y le pregunto, pero tiene mucho trabajo y le dice a las chicas que hablen conmigo. “¡Trini, que vas a salir por la tele, corre!”. Ronda los veinte años y se queja de que solo ven a la Administración personificada en la Guardia Urbana. “Cuesta mucho que te den un puesto. Yo estoy aquí por mi suegro, pero entrar ahora es imposible y, además, no te dejan ampliarlo. Ahora dicen que van a cortar el mercado por la mitad por obras, y no sabemos qué va a pasar. No sé si me quedaré aquí o me iré”.

La vida ambulante. Ante tanta incertidumbre le pregunto a Trini por cómo vive el montar y desmontar la parada cada día. “Es un rollo. No sabes si vas a vender o qué. Si te llueve recoges y te vas. Antes sí que valía la pena, pero con la crisis y las grandes superficies se factura la mitad. Además, se está yendo a pique porque cada vez se vende más ropa usada. Ya no se sabe si lo que vendemos es nuevo o de segunda mano, y eso nos perjudica. De 150 puestos de ropa, 80 podrían venderla usada. Los jóvenes cada vez pasamos más de estos rollos. Es muy difícil ganarse el parné”.

El mercadillo va cogiendo forma. Los primeros curiosos transeúntes comienzan a pasear y una parada me llama la atención. Varios gitanos no muy mayores están llenando las barras metálicas con ropa perchada mientras los veteranos lo organizan. El puesto es enorme. Me acerco a uno de ellos, Manuel, de 31 años, y le pregunto por cuántas generaciones están trabajando al mismo tiempo en el tenderete. Me dice que cuatro, pero que les gustaría continuar con una quinta y sexta, aunque la cosa cada vez vaya peor. Son la familia Cortés y llevan la venta ambulante en la sangre.

Me explica que cada día se levantan a las 6:00 y comienzan a descargar sobre las 7:30, para tenerla lista sobre las 9:30 y vender hasta las 14:00. “Ahora cuesta muchísimo que te compren, solo vienen a mirar y los gastos se amontonan. Además de pagar la cuota anual de cada mercadillo donde tenemos el permiso, nos toca pagar 215 € de autónomos cada mes. Es abusivo —aunque solo es autónomo el titular de la parada—. Vienen muchas personas, pero solo compran las ancianas. Cuando se mueran no sabremos qué hacer. Las cadenas como Primark o Kiabi han ocupado el precio que antes ofrecíamos nosotros. Hemos tenido que bajar y bajar porque hay mucha competencia. Ahora la frase estrella es ‘lo tengo a un 1 €'”.

El tema es peliagudo, aunque me asegura que se diferencian de los centros comerciales porque ofrecen una atención personalizada un tanto “especial”. Por ejemplo, su padre Luís, asegura que “no es una broma, es que es verdad. Mis pantalones te hacen el vientre plano, glúteos perfectos, abrillanta los ojos y pone carnosos los labios”. Se le nota que disfruta en una tradición muy gitana. “Estudiar no nos gusta, la disciplina tampoco, y encontramos en la venta ambulante nuestro sitio. Ojalá nos gustara estudiar, pero no es así”.

Sigo caminando mientras apunto en mi libreta. “Dile al Gobierno que está la vida mu’ malita. Que nos dé un trabajito pa’ los que nos hace falta. Oye no me grabes que yo por la tele no salgo, eh”. Una vendedora gitana de unos 70 años muy salada con un puñado de bragas en la mano se queja de la situación. “Dile a Rajoy que nos traiga una olla de judías con gallina pa’ comer, pa’ los pobres, que lo estamos pasando mu’ mal. Apúntalo, eh. Dile al Gobierno que nos dé una paga de 200 o 300 € pa’ comer aunque sea pan duro”. Todo el que la escucha se ríe, tiene mucha gracia, aunque denuncian una situación social peliaguda.

Más de un tendero se ha quejado de la cantidad de trabajadores ilegales que hay. Quieren permanecer en el anonimato para no meterse en follones, aunque me reconocen que la inmigración ilegal o los trapicheos están a la orden del día. “Ves esa de ahí, vende tarjetas de metro robadas. Y además hay muchísimos que ponen la manta sin permiso alguno, o tienen ilegales trabajando para ellos”, me confiesa un comerciante.

La verdad es que se ve bastante inmigración, pero lo que más me sorprende son los niños gitanos de unos 12 años que regentan el puesto de sus padres. Me acerco a uno de ellos y le pregunto por qué está allí solo. “Tengo que trabajar para ayudar a mis padres, además vengo desde chico y me encanta. Señora, si se lleva el bañador y también las bragas, le hago precio”, le dice a una futura compradora. Tiene un control de la situación soberbio, no parece un chaval preadolescente.

Son las 11:30 y la afluencia de gente es inmensa. El mercadillo de la Zona Franca es de los pocos que todavía se masifica, aunque la gente se pasea más que compra, según los tenderos. Puedes ver parejas mayores discutiendo con un “venimos cada semana, no puedes llevártelo todo siempre”, carteles con entrañables faltas de ortografía o gritos de tenderos como “polos de la Tommy a 10 €” y “camisetas más baratas que el perejil”. Una algarabía de ingenio para llamar la atención del comprador potencial donde la media de edad rondará los 55 o 60 años. Se ven pocos jóvenes, solo los niños o adolescentes que acompañan a sus padres.

Me cruzo con una pareja joven que me confirma la regla. Son Ariadna y Luís y acuden al mercado de Zona Franca una vez cada dos o tres meses. Afirman que no se paran mucho en las paradas, solo en las de plantas u objetos del hogar. “Yo venía con mis padres aquí y a los Encants. Creo que es generacional”. También piensan que hay muchísima gente detrás como para que desaparezca, pero vemos el cambio que se ha producido en Ariadna, que le gusta acudir a los nuevos urban markets.

Contrasta con la opinión de varios comerciantes que están convencidos de que como siga así, esta será la última generación que pueda dedicarse a ello. Lo estima, entre otros, Juan. Un tendero que vende ropa e inciensos y está convencido que el mercadillo tradicional desaparecerá como no se reinvente. “Los mercados pijos esos vintage nos están quitando a los jóvenes. Tenemos que ofrecer cosas nuevas para llamar su atención”. Reinventarse o morir, he aquí la cuestión.

Es mediodía y seguimos caminado. Un estoico cardado acompañado de unos andares sin remilgos y un maquillaje excéntrico sobresalen entre el resto. Es Carmen y asegura haber salido en Interviú muchas veces. “Madre mía, cuando me vean mis hijos. ¿En qué canal saldré?”, comenta con salero y desparpajo. Acude cada semana al mercadillo y desmiente mi afirmación de la falta de ventas con un susurro pícaro: “Sí que venden, sí. Lo que se quejan mucho”.

Es la 13:00 y damos por finalizada nuestra visita con un puñado de sonrisas y una visión algo renovada. No sé si dentro de unos años seguirá habiendo mercadillos o no, aunque la venta ambulante tradicional formará parte de nuestra cultura más arraigada mientras queramos. De momento nos seguimos sometiendo a la moda sin sentido de los mercadillos de modernos y a las grandes superficies. No creo que seamos conscientes.

Fuente: vice.com