Salvini sabía pues que sus declaraciones no tendrían recorrido en la práctica, pero le valieron para ejercer su función de espantajo populista, asustando al segmento más vulnerable de la sociedad italiana, y proyectándose como el “hombre fuerte” que viene a salvar a Italia de sus “enemigos”. Salvini se procura construir así una imagen política de caudillo posmoderno, resucitando el mito del Duce Benito Mussolini. El éxito de Salvini no radica en su definición de las posibles soluciones a la crisis económica, sino en su definición de los “culpables” de la crisis. El modo como Salvini señala las causas de la crisis aleja del pueblo italiano el “complejo de inferioridad” y la frustración derivada de la relación acreedor / deudor que mantiene con el Banco Central Europeo, es decir, de su dependencia del eje Frankfurt-Bruselas. Así pues la fórmula de Salvini está clara, la Unión Europea y sus pilares son un escollo para la recuperación de Italia, y le resulta fácil atacar: el respeto por los derechos de las minorías, el respeto por el derecho internacional humanitario, la democracia postnacional y la economía comunitaria. Esta fórmula no es exclusiva de Salvini, sino que constituye el común denominador del populismo neofascista.
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